Los transgénicos son seguros. Punto

El bioquímico JM Mulet es uno de los investigadores que más ha levantado la voz a favor de los transgénicos (Organismos Genéticamente Modificados – OGM). Es decir, alimentos derivados de semillas a las que en un laboratorio se les han incorporado genes de otro organismo para reproducir unas características concretas. En su invernadero del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas dirige experimentos para crear vegetales que ahorren más agua, y así hacerlos más resistentes a la sequía. Lo hace de manera casi clandestina. No quiere que se sepa donde están, no vaya a ser que los ecologistas radicales le revienten las instalaciones. “Es una situación aberrante en este siglo XXI. Todos los años hay ataques contra campos experimentales y la mayoría quedan impunes”, denuncia.

PREGUNTA. ‘Comer sin miedo’ le metió de lleno en el debate sobre alimentación en este país. Ahora publica ‘Transgénicos sin miedo’. ¿No teme a nada en la industria alimentaria actual?

RESPUESTA. A quedarme sin financiación para mi laboratorio (se ríe). No, no, ahora en serio. Le tengo miedo a la mala información, que hace que la gente tome decisiones erróneas. Por ejemplo, todo el tema de las vacunas. Ahora de repente el sarampión ha subido porque hay gente que no se vacuna. O en el tema que nos ocupa, el rechazo a los transgénicos, que ha hecho que Europa se haya quedado atrás en esta tecnología en la que antes era puntera. Y esto está suponiendo un revés fatal. Estamos sufriendo las consecuencias a nivel de investigación y desarrollo, pero también en la agricultura. Nuestros agricultores no pueden competir con los de Sudamérica, EEUU o Asia.

P. La abundancia de información hace que vivamos en un mundo de ideas contradictorias, pasionales, que van desde que los transgénicos son perjudiciales para nuestra salud hasta que pueden ser la solución contra el hambre en el mundo. Tal vez la tecnología ha avanzado demasiado rápido para que la gente lo interiorice.

R. El problema es que ha habido una campaña de comunicación que se ha empeñado en dar mala imagen a los transgénicos por motivos puramente económicos de determinadas organizaciones. Y el mensaje ha calado. Ha calado porque era muy potente y porque lo propagaban profesionales de la comunicación. Claro, toda esta hipoteca reputacional ahora cuesta mucho volverla atrás. Pero poco a poco se está consiguiendo. La última encuesta de la CECID demuestra que cada vez más gente ve a los transgénicos como positivos. Las mismas organizaciones ecologistas cada vez hablan menos de ellos. Se dan cuenta de que el discurso es insostenible. Y si se empeñan en mantenerlo, va a ser su imagen la que va a empeorar.

Desde Europa, con la barriga llena, todo se ve diferente. Muchas de las actitudes contra los transgénicos apestan a colonialismo rancio.

P. ¿Qué cosas hechas con transgénicos utilizamos en nuestro día a día? ¿De verdad copan nuestros supermercados?

R. Los billetes de euro, el jabón, algunos detergentes, el líquido que se utiliza para limpiar las lentes de contacto, la ropa de algodón, el material de higiene íntima… Pero en los supermercados de España hay muy pocos alimentos transgénicos. Sobre todo, derivados de la soja y alguna marca extranjera de maíz. Eso sí, el pienso que se ha utilizado para que coma la gallina, el cerdo, la vaca o la oveja sí que lo es. De hecho, el 95% se usa para comida de animales. Y, por cierto, la etiqueta que se ve en las tiendas que dice ‘este producto no contiene transgénicos’ es ilegal. ¿Estás diciendo que la competencia sí que tiene? ¿Que es mejor tu producto por no tener transgénicos? Nunca compro algo que tenga esa etiqueta. Si no conocen la ley alimentaria, ¿qué confianza te da?

P. ¿Podríamos vivir sin ellos?

R. Hoy por hoy, no. Imposible. ¿Podríamos vivir si en una farmacia te ofreciesen la mitad de tratamientos que hay ahora? ¿Y si los jabones fuesen menos eficientes o que la ropa de algodón costara un 20 o 30% más? Hay estudios que aseguran que si no fuese por los transgénicos los cereales costarían un 3% o 4% más y la carne entre un 10% y 20% más. ¿Qué pasaría entonces? Qué más gente pasaría hambre.

P. ¿Por qué el estudio de transgénicos en plantas se encuentra mayores reticencias y menos reconocimientos que en animales o medicamentos?

R. Esto te demuestra la hipocresía del movimiento anti-transgénicos. La verdad, no me imagino a ningún grupo ecologista en la puerta de una farmacia en contra de los OGM. En Occidente nadie pasa hambre, todos tenemos la nevera llena y entonces lo ven como algo de lo que se puede prescindir. No están pensando que algunos de los principales países productores de alimentos transgénicos, como Argentina o la India, han aumentado su renta de vida y disminuido el número de personas que pasa hambre. Pero, claro, desde Europa, con la barriga llena, se ve todo diferente. Muchas de las actitudes contra los transgénicos apestan a colonialismo muy rancio.

Si cualquier alimento tuviera que pasar por el mismo proceso que los transgénicos, los supermercados se quedarían vacíos.

P. ¿A qué atribuye el rechazo de este tipo de organizaciones?

R. Su misma estructura favorece campañas con impacto mediático, no que beneficien al medio ambiente. Necesitan acaparar espacios en medios de comunicación, propaganda y conseguir que la gente se apunte y pague la cuota. Ya lo predijo un politólogo alemán, Robert Michels, en el siglo XIX. Decía que un partido político empieza con unos ideales, y que se va haciendo cada vez más grande. Entonces tiene que reenfocarlos hacia el mantenimiento de la propia estructura. Esto es lo que ha pasado con las organizaciones ecologistas.

P. “Los transgénicos son seguros. Punto. Y ya está”, asegura en su libro. ¿Cómo puede estar tan seguro?

R. El proceso de autorización de los transgénicos es el más exigente, caro y largo. De hecho, si a cualquier alimento le hicieras pasar por el mismo proceso, vaciarías los supermercados. Por ejemplo, el cacahuete. Hay gente que si lo come, se muere, porque es un alérgeno potente, una de las muchas cosas que se tienen en cuenta en el proceso de autorización. Otro: los kiwis. Llegaron a Europa en el 86, pero luego se vio que había gente que tenía alergia a ellos. Hoy no se habrían autorizado nunca.

P. Las enfermedades están cambiando. Cada vez nos preocupamos más por el auge de las oncológicas o autoinmunes, sobre todo en el largo plazo. ¿Cómo demuestra que este tipo de enfermedades no están causadas por los transgénicos?

R. Ahora tenemos datos a 20 años. Hay un estudio que ha monitorizado todo el ganado en EEUU desde los años 80 (cuando no había transgénicos) hasta ahora, cuando todo el pienso es OGM. Y no ha visto ningún problema de salud, ningún cambio. A ver, hay gente que dice que es una barbaridad comer un tomate con un gen de pez. Y luego van al supermercado y se comen una lata de sardinas con tomate, y mezclan en su estómago todos los genes del tomate y los del pez. ¿Qué diferencia hay? Estamos, por tanto, razonablemente seguros. ¿Que en algún momento puede haber algún transgénico que se nos escape? Puede, pero si miras el global es una tecnología mucho más segura que la producción ecológica. Vamos, a años luz. Con los productos ecológicos todos los años se muere alguien por E-coli o micotoxinas. Son problemas recurrentes.

El ‘lobby’ pro-transgénicos es una porquería. En 20 años tan solo han conseguido que se autorice a cultivar uno en toda Europa

P. Algunos transgénicos se diseñan para soportar mejor a los herbicidas. Es otro de los grandes temores, sobre todo el glifosato inventado por Monsanto, que es el que más se usa.

R. Si hablas con un agricultor y te cuenta lo que utilizaban antes del glifosato… Te aseguro que hace 40 o 50 años se hacían auténticas burradas. Cuando los anti-transgénicos han ido perdiendo fuelle, porque los argumentos ya no se sostenían, han tenido que reorientar su campaña. Qué pasa aquí, que ya habían construido un malo: Monsanto. Ha habido muchos herbicidas muy tóxicos, como el paraquat o las atrazinas. Se iban a países del tercer mundo, se los daban baratos, pero no les explicaban cómo se utilizaban. Y luego veías a gente tirándolos encima de otros o cogiéndolos con las manos. Curiosamente, en esta campaña, por el tema de que el malo tiene que ser Monsanto, se ha cogido a un herbicida que si ha triunfado es porque apenas tiene toxicidad en humanos. Para que nos hagamos una idea, es menos tóxico que la aspirina o la cafeína. De hecho, el problema de ciudades como Madrid que se declaran libres de glifosato, es que ahora no saben como controlar las malas hierbas. En Cádiz, por ejemplo, tenemos a una cuadrilla que se dedica a quitarlas a mano.

Escucha al investigador aquí: http://play.cadenaser.com/widget/audio/004RD010000000285509/

Información de El Confidencial, EFE Agro y Radio Valencia

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